Donald Trump se enfrentó a un listón muy alto este miércoles por la noche en su discurso a la nación sobre Irán.

Se presentó ante un país que, según las últimas encuestas, no solo ha perdido la confianza en su presidencia, sino que se ha desencantado con su nueva guerra y está profundamente preocupado por su impacto en la economía.

Millones de personas en Medio Oriente y en todo el mundo quieren saber cuándo terminará la guerra y cómo —o incluso si— solucionará sus tumultuosas consecuencias, incluido el cierre del estrello de Ormuz por parte de Irán, que amenaza con una recesión mundial.

En su discurso de 20 minutos desde el Salón de la Cruz de la Casa Blanca, Trump ofreció su explicación más coherente y moderada sobre por qué fue a la guerra, argumentando que no podía permitir que los “terroristas” del régimen iraní tuvieran un arma nuclear después de 47 años de amenazas contra Estados Unidos.

Explicó el fracaso de la diplomacia y la brutal represión del régimen contra su propio pueblo, recurriendo a su mejor baza política: proyectar fuerza.

Estos argumentos podrían haber sido más convincentes hace más de un mes, cuando Trump lanzó la ofensiva. Las semanas posteriores, marcadas por sus objetivos bélicos contradictorios y cambiantes, podrían atenuar el impacto de sus justificaciones, ahora más claras, para la guerra.

Algunas de las afirmaciones del presidente —que Irán estaba “a las puertas” de un arma nuclear y que pronto podría tener un misil capaz de alcanzar territorio estadounidense— contradecían las evaluaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses y occidentales.

Además, no ofreció ninguna prueba detallada que permitiera a los estadounidenses formarse su propia opinión.

Aun así, presentó argumentos convincentes de que los recursos militares de Irán, su capacidad para sembrar el caos en la región y la amenaza que representa para Estados Unidos y sus aliados habían sido devastados por una temible campaña aérea estadounidense e israelí.

Nadie ajeno al conflicto puede aún conocer la magnitud de ese daño ni si provocará fisuras políticas que, con el tiempo, podrían debilitar o incluso derrocar al represivo régimen revolucionario iraní.

Pero muchos observadores esperaban que el presidente aprovechara el discurso para señalar el desenlace definitivo de la guerra. No solo no lo hizo, sino que además planteó la posibilidad de una escalada militar masiva.

“En las próximas dos o tres semanas, los vamos a hacer retroceder a la Edad de Piedra, donde pertenecen”, declaró. También amenazó con atacar todas las centrales eléctricas iraníes y sus instalaciones petroleras si Teherán no accedía a sus exigencias de un acuerdo de paz.

Por lo tanto, es difícil concluir que su discurso tranquilizará a los estadounidenses preocupados por el rumbo de la guerra o a los inversores globales inquietos por la crisis energética que ha desencadenado la guerra.

En ningún momento el presidente expuso una estrategia clara para salir del conflicto, salvo la improbable posibilidad de una capitulación total de Irán.

En un intento por minimizar el compromiso actual de Estados Unidos, argumentó que los 32 días de combate hasta el momento palidecían en comparación con los años invertidos por Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam e Iraq.

Sin embargo, estas comparaciones no lograron tranquilizar a la opinión pública, ya que implicaban que esta guerra podría prolongarse más de lo que se ha reconocido hasta ahora.