Más de un siglo después de la creación de la vacuna BCG y décadas después del desarrollo de los primeros antibióticos eficaces, la tuberculosis continúa entre las principales amenazas infecciosas del mundo. En las Américas, además, la incidencia estimada aumentó un 13 % entre 2015 y 2024, en contraste con la reducción registrada a escala global.

La tuberculosis sigue desafiando a la medicina más de cien años después de la aplicación de la primera vacuna contra la enfermedad. Aunque actualmente existen mecanismos de prevención y tratamientos capaces de curarla, su persistencia mantiene encendidas las alertas sanitarias, especialmente en regiones donde factores como la pobreza, el hacinamiento y las dificultades de acceso a los servicios de salud favorecen su propagación.

El escenario resulta particularmente preocupante en el continente americano. Mientras la incidencia estimada de tuberculosis disminuyó un 12,3 % a escala mundial entre 2015 y 2024, en la Región de las Américas aumentó un 13 % durante el mismo período.

La paradoja plantea una pregunta inevitable: ¿por qué una enfermedad para la que existen vacuna y tratamiento continúa provocando tantas muertes?

La respuesta combina factores científicos y sociales. La vacuna BCG no proporciona una protección permanente, la bacteria responsable de la enfermedad posee una extraordinaria capacidad para sobrevivir dentro del organismo y los tratamientos todavía requieren varios antibióticos durante períodos prolongados. A estas dificultades se suman las desigualdades que condicionan el diagnóstico y el acceso oportuno a la atención sanitaria.

Una enfermedad que atravesó siglos

Mucho antes de convertirse en uno de los grandes desafíos de la salud pública, la tuberculosis marcó generaciones enteras.

Conocida antiguamente como consunción, tisis o “peste blanca”, provocó la muerte de personajes históricos como Simón Bolívar y Madame de Pompadour, además de escritores, músicos y artistas.

Durante los siglos XVIII y XIX llegó incluso a ser romantizada. La palidez, la extrema delgadez y otros síntomas fueron asociados con determinados ideales de belleza, sensibilidad y fragilidad.

Esa percepción comenzó a derrumbarse en 1882, cuando el médico y microbiólogo alemán Robert Koch demostró que la enfermedad era causada por una bacteria altamente contagiosa: Mycobacterium tuberculosis.

El descubrimiento permitió comprender científicamente su transmisión y abrió el camino para combatirla. Sin embargo, controlar al microorganismo resultaría mucho más difícil de lo esperado.

Una vacuna centenaria que no ofrece protección permanente

Uno de los grandes avances llegó en 1921, cuando un recién nacido recibió en París la primera dosis de una vacuna experimental desarrollada por los científicos franceses Albert Calmette y Camille Guérin.

Así nació la vacuna BCG, diseñada especialmente para proteger a los niños frente a las manifestaciones más graves de la tuberculosis.

Su desarrollo representó un avance decisivo. En los recién nacidos, la infección podía propagarse rápidamente por el organismo y provocar cuadros extremadamente peligrosos, como meningitis tuberculosa o tuberculosis miliar.

La BCG terminaría convirtiéndose en una herramienta de salud pública utilizada internacionalmente, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, presenta una limitación fundamental: la protección obtenida durante los primeros años de vida disminuye con el paso del tiempo.

Aunque ha contribuido a proteger a millones de niños frente a las formas más graves de la enfermedad, no ofrece la misma eficacia para prevenir a largo plazo la tuberculosis pulmonar en adultos.

Una bacteria capaz de esconderse del sistema inmunitario

El problema no termina con las limitaciones de la vacuna.

Mycobacterium tuberculosis posee características biológicas que dificultan considerablemente tanto su eliminación como su estudio científico.

La bacteria ingresa principalmente por las vías respiratorias hasta llegar a los pulmones, donde interactúa con las células del sistema inmunitario.

Una de sus particularidades es su capacidad para sobrevivir dentro de los macrófagos, precisamente las células encargadas de detectar y destruir microorganismos invasores.

La infección tampoco produce necesariamente una enfermedad inmediata.

Se estima que alrededor de una de cada cuatro personas en el mundo presenta una infección tuberculosa latente. Esto significa que puede albergar la bacteria sin desarrollar tuberculosis activa.

Comprender qué provoca que esa infección permanezca controlada o evolucione hacia la enfermedad constituye uno de los grandes interrogantes que todavía investiga la comunidad científica.

El tratamiento existe, pero sigue siendo complejo

La medicina dispone también de antibióticos capaces de combatir la tuberculosis.

La estreptomicina, descubierta en 1943, se convirtió en el primer antibiótico eficaz contra el bacilo. Posteriormente, la aparición de resistencia bacteriana obligó a desarrollar tratamientos basados en la combinación de varios medicamentos.

Actualmente, combatir la enfermedad requiere administrar diferentes antibióticos simultáneamente durante un período que puede extenderse aproximadamente seis meses.

Investigadores buscan comprender por qué es necesario utilizar varios fármacos durante tanto tiempo y trabajan en alternativas capaces de reducir la duración de las terapias y mejorar sus resultados.

América enfrenta una tendencia preocupante

Aunque América Latina no registra las elevadas tasas de incidencia observadas en regiones como el Sudeste Asiático o África, su evolución reciente genera preocupación.

Los datos correspondientes al período 2015-2024 muestran una tendencia contraria a la observada globalmente.

Factores como el hacinamiento urbano y penitenciario, la pobreza y determinados movimientos migratorios han sido señalados entre las condiciones que pueden favorecer la propagación de la enfermedad.

La tuberculosis, por tanto, no constituye únicamente un desafío microbiológico. También está estrechamente relacionada con las condiciones sociales en las que viven las poblaciones más expuestas.

La desigualdad también alimenta la enfermedad

Disponer de medicamentos no significa que todas las personas puedan acceder a un diagnóstico temprano, completar adecuadamente el tratamiento o recibir atención médica de manera oportuna.

La pobreza puede incrementar la exposición a condiciones favorables para la transmisión y, al mismo tiempo, dificultar el acceso sostenido a los servicios sanitarios.

A esto se suma la necesidad de mantener la inversión científica para desarrollar medicamentos más eficaces y una nueva generación de vacunas.

Investigadores de distintos países trabajan actualmente tanto en mejorar la BCG como en desarrollar alternativas capaces de proporcionar una protección más prolongada.

Un desafío que trasciende la medicina

La tuberculosis representa una de las grandes contradicciones de la salud contemporánea: la humanidad conoce desde el siglo XIX al microorganismo que la provoca, dispone de una vacuna desde 1921 y cuenta con antibióticos eficaces desde hace décadas, pero todavía no ha conseguido erradicarla.

Superar esa realidad requiere avances científicos, pero también intervenciones sociales.

Mejorar la nutrición, ampliar el acceso a la atención sanitaria, disminuir el hacinamiento y garantizar condiciones adecuadas de vivienda forman parte de una respuesta que va mucho más allá de los hospitales y laboratorios.

Más de un siglo después de la primera vacuna, la persistencia de la tuberculosis demuestra que combatir una enfermedad infecciosa no depende únicamente de encontrar una cura: también exige garantizar que la prevención, el diagnóstico y los tratamientos lleguen a quienes más los necesitan.